Hay conversaciones que pueden parecer sencillas desde fuera, pero que por dentro cuestan mucho.
Decir que no. Expresar que algo te ha molestado. Pedir lo que necesitas. Poner un límite sin sentirte culpable.
A veces, para evitar un conflicto, acabamos callando. Otras veces, después de haber callado demasiado tiempo, acabamos explotando.
La asertividad es una forma de comunicarnos que intenta encontrar un punto más saludable entre estos dos extremos.
¿Qué es la asertividad?
La asertividad es la capacidad de expresar lo que piensas, sientes o necesitas de una manera clara y respetuosa.
No significa decirlo todo sin filtro.
Tampoco significa agradar siempre o evitar cualquier incomodidad.
Ser asertivo/a implica tener en cuenta lo que necesita la otra persona, pero sin desaparecer tú de la conversación.
Es poder decir:
“Esto no me va bien.”
“Necesito pensármelo.”
“Entiendo lo que dices, pero yo lo vivo de otra manera.”
“Ahora mismo no puedo asumir esto.”
Sin atacar, pero también sin anularte.
¿Para qué sirve la asertividad cuando se practica bien?
Cuando la asertividad se practica de manera saludable, puede ayudar a construir relaciones más claras y más honestas.
No porque desaparezcan los desacuerdos, sino porque se pueden expresar con más cuidado.
Puede ayudarte a:
- poner límites sin sentir que estás haciendo algo mal;
- expresar necesidades antes de llegar al límite;
- reducir malentendidos;
- evitar acumular resentimiento;
- tomar decisiones con más coherencia con lo que necesitas;
- relacionarte con más respeto hacia los demás y hacia ti mismo/a.
La asertividad no garantiza que la otra persona responda siempre bien.
Pero sí te permite comunicarte desde un lugar más claro, menos impulsivo y menos cargado de culpa.
Cuando no se practica bien
A veces se confunde la asertividad con “decir las cosas tal como salen”.
Pero ser asertivo/a no es utilizar la sinceridad como una forma de hacer daño.
También puede pasar lo contrario: creer que estamos siendo asertivos porque no decimos nada y “evitamos problemas”, cuando en realidad nos estamos callando cosas importantes una y otra vez.
Podemos entenderlo con tres formas de comunicarnos:
- Comunicación pasiva: callo lo que pienso o necesito para evitar molestar, decepcionar o generar conflicto.
- Comunicación agresiva: expreso lo que pienso o necesito, pero lo hago atacando, imponiendo o invalidando a la otra persona.
- Comunicación asertiva: expreso lo que pienso o necesito con claridad y respeto, sin atacar y sin anularme.
El objetivo no es hacerlo perfecto.
Es empezar a detectar desde dónde estás respondiendo: desde el miedo, desde la rabia o desde la claridad.
¿Por qué cuesta tanto ser asertivo/a?
Muchas personas no tienen dificultades con la asertividad porque no sepan qué quieren.
Lo que cuesta es sostener lo que puede pasar después de decirlo.
Pueden aparecer miedos como:
- “¿Y si se enfada?”
- “¿Y si piensa que soy egoísta?”
- “¿Y si deja de contar conmigo?”
- “¿Y si genero un conflicto?”
Por eso, muchas veces, acabamos diciendo que sí cuando en realidad querríamos decir que no.
O decimos que “no pasa nada” cuando sí que pasa.
Practicar la asertividad no consiste solo en aprender frases. También implica aprender a tolerar un poco más la incomodidad de ser honesto/a.
Herramientas para empezar a practicar la asertividad
No hace falta empezar con conversaciones muy difíciles.
A menudo es más útil practicar con situaciones pequeñas y cotidianas.
1. Date tiempo antes de responder
Muchas veces decimos que sí por impulso, para evitar la incomodidad del momento.
Una frase sencilla puede ayudar mucho:
“Me lo pienso y te digo algo.”
Esta pausa te da espacio para preguntarte qué quieres realmente, en lugar de responder automáticamente para quedar bien.
2. Habla desde lo que sientes
Cuando una conversación es delicada, es fácil empezar acusando a la otra persona.
Por ejemplo:
“Nunca me escuchas.”
A veces puede ser más útil expresarlo desde la propia experiencia:
“Cuando pasa esto, me siento poco escuchado/a.”
Esto no significa que la otra persona no tenga responsabilidad. Pero ayuda a empezar la conversación con menos ataque y más posibilidad de escucha.
3. Di que no sin justificarte en exceso
Cuando cuesta poner límites, suele aparecer la necesidad de dar muchas explicaciones.
Pero no siempre hace falta justificarse largamente.
Algunas frases posibles son:
“Gracias por pensar en mí, pero esta vez no puedo.”
“Ahora mismo no me va bien asumir esto.”
“Lo entiendo, pero prefiero no hacerlo.”
Decir que no con respeto sigue siendo decir que no.
4. La técnica del sándwich
En algunas conversaciones, puede ayudar empezar reconociendo algo positivo, expresar después el límite o la necesidad, y acabar mostrando que valoras la relación o la situación.
Por ejemplo:
“Me gusta mucho pasar tiempo contigo. Este fin de semana necesito descansar y no podré quedar. Si te va bien, podemos buscar otro día.”
Esta técnica puede ser útil si se hace de manera sincera.
Si se convierte en una fórmula mecánica, puede sonar poco natural. Por eso, lo más importante no es seguir una estructura perfecta, sino comunicar con honestidad y respeto.
Un recordatorio importante
Ser asertivo/a no significa que la otra persona siempre lo recibirá bien.
Tampoco significa que dejarás de sentir nervios cuando tengas que decir algo difícil.
Significa que puedes empezar a relacionarte de una manera más honesta con lo que necesitas.
Puedes respetar a los demás sin dejar de respetarte a ti.
Y eso también es una forma de cuidarte.
Referencias
- Alberti, R. E., & Emmons, M. L. (2017). Your Perfect Right: Assertiveness and Equality in Your Life and Relationships. Impact Publishers.
- Linehan, M. M. (2015). DBT Skills Training Manual. Guilford Press.
Si te cuesta poner límites o expresar lo que necesitas, no tienes que trabajarlo solo/a.
Podemos mirarlo con calma y entender qué te bloquea en estas conversaciones. La primera conversación es gratuita y sin compromiso.
Reserva una llamada de 15 minutos